UNA TARDE DE SOLPor Adolfo J. Navarro Torres Amanece y la aurora
se presta a perfume de jazmín y celindos. Tintineo de campanas
y redobles de tambor terminan de activar nuestro espíritu Humilde. Solo brillan dos luces, las caras de nuestro Señor y la Virgen. Caballero que alto está esto, me parece haber llegado al Cielo, comenta al Mayordomo de Procesión un buen amigo y curtido cofrade malagueño invitado al cortejo.
La inquietud fuera
es máxima, bulle el gentío en torno a la Plaza de la Iglesia, no cabe
un alfiler, cuando al fin se abren las puertas, y mezcla de los colores
antes nombrados inicia el cortejo el cabo de gastadores de gala de Valdemoro.
Tras El, los tambores sordos esgrimen el lúgubre olor de la muerte, del dolor padecido por los hombres (quizás en vano ? ); después los doce apóstoles, cortejo que portan las cruces de redención, acompañados de los hermanos de luz. La escalinata se ha teñido de rojo y blanco, dos filas demarcan el espacio, y al fin, nuestra Madre, La Virgen de los Dolores, aparece tímidamente entre el dintel parroquial.
Baja muy despacio, es mecida por sus hombres, que bajo su infinito manto estrellado aciertan ver el camino marcado, pues no en vano portan a la Venerada y Dulce imagen de quien supo soportar el inmenso Dolor de perder al Hijo más grande sin poderse revelar.
Plaza de la Victoria, cuando la Cofradía ha inundado el suelo ardiente del recorrido oficial, Jesús se detiene, es vuelto hacia su Madre, y alumbrado por el Sol que se va por Antequera, oye el gemido de la Zumba, que recuerda la Muerte-Resurrección-Juicio Final. Penitentes y horquilleros, damas servitas y niños, rodilla en tierra invitan al silencio y la reflexión sobre el misterio cristiano; otros permanecen perplejos sin entender el porqué. Coroneles , Capellán, y General, vencidos por el mandato de amor de estas dos abvocaciones, quedan rendidos, y acompañan dignísimamente a la procesión penitencial que baja calle Nueva, donde ya desde hace algún rato, la Banda y Sección de honores del Colegio de Valdemoro, con su desfile marcial, hacen las delicias de vecinos y foráneos. Cuando solo quedan tímidos rayos de luz entre las sombras de la estrecha Calle Empedrada, abriéndose paso entre la multitud que llena las aceras, circula silencioso, entre cetros y cirios, el Cortejo. Cuando las campanillas de orden crispan el silencio forzado, y faroles y candelabros apenas iluminan los rostros de las Benditas Imágenes, cuando ese íntimo momento anuncia el cansancio, cuando resuenan ecos lejanos de cornetas que enfilan calle Don Carlos, la última Caída se produce. El zumbero quiebra sus cuerdas vocales al sentir que su toque será el último de este año. Solo queda el encierro, hombres rotos por el peso y la rapidez con que se ha producido la Estación, damas de luto que esperan con dulzura la subida de la Virgen; llantos, abrazos, besos emocionados; se cierran las puertas magestuosas; VIVA, VIVA, VIVA LO HUMILDE ! Adolfo J. Navarro Torres |