UNA TARDE DE SOL

Por Adolfo J. Navarro Torres

Amanece y la aurora se presta a perfume de jazmín y celindos.
Los ruiseñores presagian con su trino las horas venideras de esplendor.
El rocío humedece y renueva las ceras derramadas en la madrugada del Jueves.
El sol, nuestro Sol, tiñe de púrpura brillante la mañana de un Viernes memorable.

Tintineo de campanas y redobles de tambor terminan de activar nuestro espíritu Humilde.
Las horas, con velocidad vertiginosa, se suceden unas en pos de otras, buscando esa hora mágica " Las CINCO de la tarde "
Carmen, dice una chiquilla a otra, me como rápidamente la ensaladilla de Viernes Santo y las papandúas frías que sobraron ayer, pues no me quiero perder el desfile de La Humildad en la esquina de San Juan.

Sudor, asfixia, sed, capirotes prestos, pequeños cofrades que suben ilusionados las escalinatas del Cañito.
Cruces, cetros, botellas de agua, cigarrillos, risas, tambores, jóvenes féminas Polillas encandiladas por el perfume a azahar, claveles y cera que envuelven a la Parroquia, trenzando los colores verdes, blanco y rojo, que se torna grisáceo entre los muros del Templo.

Solo brillan dos luces, las caras de nuestro Señor y la Virgen.

Caballero que alto está esto, me parece haber llegado al Cielo, comenta al Mayordomo de Procesión un buen amigo y curtido cofrade malagueño invitado al cortejo.

Silencio! se clama a los presentes.
Desde fuera el Hermano mayor con voz temblorosa de emoción pregunta: ¿Está dentro la Cofradía de la Humildad, canónicamente constituida?
¡Sí estamos! responde el Mayordomo desde dentro.
¡ Si es así, que inicie su salida! ordena el Hermano Mayor.

La inquietud fuera es máxima, bulle el gentío en torno a la Plaza de la Iglesia, no cabe un alfiler, cuando al fin se abren las puertas, y mezcla de los colores antes nombrados inicia el cortejo el cabo de gastadores de gala de Valdemoro.
Un estruendo de vítores y palmas irrumpe entre la multitud, fruto de buen hacer de estos chicos, futuros Guardias Civiles que al son de la marcha Cristo de la Humildad que su Capitán Músico compusiera en 1.992 en Honor de nuestro Padre Jesús de la Humildad, baja perfectamente alineados la escalinata de la Parroquia.
Pero vuelve a hacerse el silencio, porque expectante la gente contempla emocionada como los 72 del Cristo, tras el mágico clípeo astro rey, símbolo e insignia guía de nuestra Cofradía, inician la estación de penitencia, quebrada por la sangre derramada de Jesús.

Tras la oscuridad tétrica del Templo, irrumpe El;
En su Trono plateado, su luz cegadora incita la lágrima pecadora,
El Rey de Reyes, revela su Humildad.

Tras El, los tambores sordos esgrimen el lúgubre olor de la muerte, del dolor padecido por los hombres (quizás en vano ? ); después los doce apóstoles, cortejo que portan las cruces de redención, acompañados de los hermanos de luz.

La escalinata se ha teñido de rojo y blanco, dos filas demarcan el espacio, y al fin, nuestra Madre, La Virgen de los Dolores, aparece tímidamente entre el dintel parroquial.

Que suene el acorde acompasado,
Que el incienso inunde los corazones
Que se aplaque el aire
Porque ver su Cara sosiega el alma.

Baja muy despacio, es mecida por sus hombres, que bajo su infinito manto estrellado aciertan ver el camino marcado, pues no en vano portan a la Venerada y Dulce imagen de quien supo soportar el inmenso Dolor de perder al Hijo más grande sin poderse revelar.

Virgen de los Dolores,
que bello es perderse en tus varales,
entre bolinas blancas, rosas y gladiolos.
Paso lento, maderas y metales,
fuera almohadillas, que ellos quieren
limar sus moretones,
con las dulces lágrimas de tus ojos.

Plaza de la Victoria, cuando la Cofradía ha inundado el suelo ardiente del recorrido oficial, Jesús se detiene, es vuelto hacia su Madre, y alumbrado por el Sol que se va por Antequera, oye el gemido de la Zumba, que recuerda la Muerte-Resurrección-Juicio Final. Penitentes y horquilleros, damas servitas y niños, rodilla en tierra invitan al silencio y la reflexión sobre el misterio cristiano; otros permanecen perplejos sin entender el porqué.

Coroneles , Capellán, y General, vencidos por el mandato de amor de estas dos abvocaciones, quedan rendidos, y acompañan dignísimamente a la procesión penitencial que baja calle Nueva, donde ya desde hace algún rato, la Banda y Sección de honores del Colegio de Valdemoro, con su desfile marcial, hacen las delicias de vecinos y foráneos.

Cuando solo quedan tímidos rayos de luz entre las sombras de la estrecha Calle Empedrada, abriéndose paso entre la multitud que llena las aceras, circula silencioso, entre cetros y cirios, el Cortejo. Cuando las campanillas de orden crispan el silencio forzado, y faroles y candelabros apenas iluminan los rostros de las Benditas Imágenes, cuando ese íntimo momento anuncia el cansancio, cuando resuenan ecos lejanos de cornetas que enfilan calle Don Carlos, la última Caída se produce. El zumbero quiebra sus cuerdas vocales al sentir que su toque será el último de este año.

Solo queda el encierro, hombres rotos por el peso y la rapidez con que se ha producido la Estación, damas de luto que esperan con dulzura la subida de la Virgen; llantos, abrazos, besos emocionados; se cierran las puertas magestuosas; VIVA, VIVA, VIVA LO HUMILDE !

Adolfo J. Navarro Torres