35 Aniversario de la Fundación de la Hermanas Servitas

Autora Dª. María Victoria Medina Texeira

Quiero empezar la charla de hoy, aprovechando la ocasión que se me brinda y el privilegio que me asiste en esta tribuna, reivindicando para las mujeres el mismo cargo, puesto o responsabilidad que gozan los hombres dentro de nuestras cofradías. Es verdad que ya tenemos mujeres penitentes, horquilleras, mayodormas, campanilleras, portando estandartes, pregoneras o compartiendo responsabilidades de gobierno en la Agrupación de Cofradías y en las directivas de casi todas las hermandades archidonesas. Es una maravilla que la vida haya evolucionado a nuestro favor en todos los campos; hago esta reflexión para que no vaya a parecer que nuestro coto cerrado se reduce a la mantilla y la peina, puesta graciosamente en la cabeza de mujeres que acompañan devotamente a las Vírgenes de Archidona; ¡es mucho más que eso!. Es el acto de hoy una manifestación viva de la importancia que tenemos las mujeres en las Cofradías, son logros que se extrapolan a otros muchos aspectos de la sociedad actual. No son posturas triunfalistas las que hoy defiendo, son situaciones de justicia ante la responsabilidad compartida y la igualdad que se acerca.


Y es que el binomio ser mujer-cofrade tiene una doble dimensión, por un lado la sensibilidad y la delicadeza que aflora en todas las actuaciones femeninas y, por otro, la constancia y tenacidad que ponemos las mujeres en nuestros empeños. Formamos un importante y nada despreciable recurso que los hombres no deben desaprovechar.

Y si se convierte en el trinomio mujer-cofrade-archidonesa, es ya el infinito de la apoteosis semanasantera y... modestia aparte. Yo me siento indignada y mutilada porque me falta el último de los atributos, espero que me salve ante vuestros ojos mi buena voluntad y mi condición de esposa de un archidonés cofrade de pura cepa, de raíces humildes de toda la vida y a quien quiero con toda mi alma. Él me supo transmitir este amor y devoción que profeso a los Sagrados Titulares de nuestra Cofradía: el Cristo de la Humildad y la Virgen de los Dolores, compañeros celestiales de nuestro amor humano y que han presidido las mutuas actuaciones terrenas en este difícil e inseguro camino del matrimonio.

Pienso que ya ha quedado justificada la presencia de la mujer, no solamente en las Cofradías, sino en todos los acontecimientos diarios, y cuya opinión se ha hecho necesaria e imprescindible, porque como dice El Eclesiástico (36, 24): "El que tiene una mujer tiene ya el comienzo de la fortuna, una ayuda semejante a sí y columna en qué apoyarse".

Y no pretendo darle a mis palabras o matiz femenino o feminista, como queramos llamarle, solamente quiero dejar patente la importancia de nuestra colaboración para mayor gloria y esplendor de las estaciones de penitencia de nuestro pueblo.

Sabía que me tocaría a mí hacer la semblanza de este colectivo de mujeres cristianas, y no son precisamente mis dotes de oradora lo que me ha llevado a ello, ni es tampoco la vanidad humana la que me sitúa hoy de protagonista en este foro, es mi amor por esas experiencias cofradieras vividas a lo largo de los años el que pondrá en mis labios las palabras adecuadas para salir airosa de este acto.

Lo sabía y lo presentía, pero me alegro por ello, porque ha pasado el tiempo y siempre he estado en el mismo sitio, viendo la renovación de personas y cargos, así como la sucesión de acontecimientos que han llenado nuestro corazón de penas y alegrías, es mi vida la que paralelamente se agota con el transcurrir de cada uno de los Viernes Santos de Archidona.

Todo empezó allá por el año 1.964, tres décadas y media son mucho tiempo para recordarlo todo, no quiero que hechos que han marcado la conciencia colectiva de nuestra Cofradía y que han imprimido carácter en la idiosincrasia de algunas personas, queden relegados al olvido, procuraré exprimir bien mi memoria y que no me traicionen mis sentimientos para relatar fielmente y de manera objetiva todo lo que se ha dicho, hecho, pasado o sugerido a través de todo este tiempo.

De esta manera, los protagonistas de acontecimientos relevantes no piensen que su obra no ha dejado huella en la historia de nuestra Cofradía y de nuestro pueblo.

No sé cómo empezar para no romper los cánones de la buena oratoria, por la necesaria secuenciación de hechos y personajes que sería imprescindible en un ordenado y preciso relato. Lo voy a hacer recordando a aquellas mujeres que decidieron crear esta sección de la Virgen, bajo la tutela y con el apoyo del por entonces Hermano Mayor, Juan Medina Córdoba, con los objetivos de honrar mejor a nuestra Madre, con una mayor dedicación y culto, así como brindar la oportunidad a aquellas mujeres archidonesas, que deseosas de lucir la mantilla el Viernes Santo, no se sentían suficientemente identificadas con el marco que le ofrecían las damas del Santo Sepulcro, por entonces pioneras en esta piadosa costumbre. Por ello, decidimos resolver el problema creando nuestro propio espacio en la Semana Santa de Archidona.

Se dio luz verde a la propuesta del Mayordomo y salieron a la calle las primeras Hermanas Servitas de la Virgen de los Dolores, humildes con su vestido y velo negros sin pretender emular a nadie, sino solamente acompañar a la Madre del Cielo, manifestando públicamente su devoción y su fe.
Se compraron las primeras medallas que fueron correspondientemente bendecidas e impuestas. Me conmueve el corazón pensar que algunas mujeres, la mayoría, ya nos han abandonado y que las restantes sufren un deterioro físico tan importante que seguramente no podrán estar mañana con nosotras para recibir este reconocimiento público que con tanto cariño les hemos preparado.

Teresa Sánchez-Lafuente, mi madre política, era la primera en la lista por su condición de Camarera de Trono de la Virgen, cargo que ocupó de forma vitalicia hasta su fallecimiento reciente, no llegó a este día tan señalado porque la carrera de su vida terminó el pasado 27 de noviembre. Por muy poco no hemos podido contar con su presencia y reconocerle personalmente su valía y buen hacer durante todos los años en los que la Virgen era responsabilidad suya.

Teresa, como yo sé que nos estás oyendo, te agradecemos los miércoles santos ya pasados, cuando durante las noches frías de esas Semanas Santas hasta casi la madrugada, ponías las flores a Nuestra querida Madre de los Dolores, en compañía de tu hermana Rosario, anterior Camarera de la Señora a la que sucediste en este menester y con la que seguías contando incondicionalmente. Los pies fríos pero el corazón ardiendo de gozo por el gran amor con el que hacíais vuestro trabajo. Gracias Rosario por esas flores amarillas y blancas, margaritas de tela para ser más exacta, que en las largas noches del invierno archidonés ibas confeccionando poco a poco con el hierro candente de las tenacillas apropiadas para este fin, y que eran muchas porque el trono aparecía en lontananza como un prado celestial, propio, para el juego infantil de ángeles, arcángeles y querubines.

Descansad en paz con la Virgen a la que tanto amasteis, os recordamos con cariño y os vamos a dedicar nuestro aplauso como si estuvieseis presentes, como si la muerte no os hubiese arrebatado de nuestro lado.

Y cómo olvidaremos a Mª del Carmen Orozco, María Rico, María Torres, Dolores Sánchez-Lafuente, Mariki, Maritina, Esperanza Conejo..., la mayoría esposas de Hermanos Mayores, que asumían el compromiso de estar a su lado en esta responsabilidad contraída, para que todos los actos cofrades a lo largo del año tuviesen la mayor solemnidad y gloria, que la Cofradía "fuese a más" durante su mandato anual y sobre todo que el desfile procesional del Viernes Santo se luciera como ningún otro año y sin incidentes. Mujeres que no escatimaban esfuerzos y soportaban pacientemente las ausencias de sus esposos cuando tenían que asistir a las reuniones propias de su cargo, o el trabajo físico y el desembolso económico que suponía la preparación de los dulces y demás alimentos para la celebración de los correspondientes ágapes, que según la costumbre tenían lugar en su domicilio particular.

También vosotras habéis hecho que la Tradición permanezca, que la familia de los Humildes continúe con la misma fuerza, ilusión y entusiasmo de siempre. Por desgracia no podemos brindarle personalmente este reconocimiento porque estamos privadas del gozo de su presencia, pero sí a Josefa Valencia, también esposa de Hermano Mayor, que hoy nos acompaña y a la que le decimos con el corazón en la mano:
" Va por ti, Pepita la de Javier, mujer valiente y sufridora, que te has hecho fuerte en el dolor que la vida te ha deparado, sigue firme en tu camino de salvación porque tu recompensa será proporcional a la grandeza de tu alma".

Semana Santa de 1987, este año nada es igual para las Hermanas Servitas de la Virgen de los Dolores, meses atrás emprendió su marcha infinita Mariki, precisamente ella que nos era tan necesaria y entrañable, ya no va a estar más con nosotras porque su sonrisa se apagó, su amable gesto se nos ocultó en las tinieblas de la muerte fría y oscura. No nos acostumbramos todavía a su ausencia, echamos de menos sus atenciones, con ella a nuestro lado lo teníamos todo, cualquier descuido u olvido era resuelto al momento con cariño y maestría la tarde del Viernes Santo, cuando las puertas de su casa se abrían generosas para nosotras.

No te sirvió de recomendación las finas prendas que confeccionabas con esmero para tu Virgen, porque ella quiso que corrieras presta a su lado para siempre.

Esperanza Conejo también está en nuestro corazón y en nuestro recuerdo, igualmente le agradecemos y reconocemos los años que dedicó a la Virgen. Cuando la veíamos en la procesión detrás del Trono, notábamos en sus ojos y en su compostura el gran amor que le profesaba. Mujer austera y educada, de porte señorial y gran empaque, yo la recuerdo con respeto y cariño, parece que su espíritu aún perdura en las tardes mágicas del Viernes Santo archidonés.

De pronto, me viene al pensamiento el recuerdo de una mujer cofrade sin fronteras, que no necesariamente de la Humildad, me estoy refiriendo a Mª Dolores Aguilar, musa sin igual de nuestra Semana Santa, no sé si Hermana Servita o no, no importa, ella era de todas las Cofradías, vivía, sentía y amaba a cada una. Dama del Santo Sepulcro, otra advocación también nuestra y querida.

Donde quiera que estés, tu espíritu cofrade y archidonés está en el ambiente semanasantero, talante y gracia archidonesa la tuya, pregonera de categoría. Yo estuve en tu pregón allá por el año 1.984; todos los presentes disfrutamos sin límites con tus palabras, ibas y venías en el tiempo, dando a cada uno lo suyo, halagándonos con lo que queríamos oír y saber. También enmudeció para siempre este lenguaje aprendido a fuerza de mucho sentir y mucho amar a Archidona, se calló tu voz armoniosa conocedora de tradiciones que son nuestras. Por desgracia, no volverás a investigar y airear anécdotas cofrades que acaecieron en otros tiempos, pero tu espíritu soñador volará sin descanso por las Sierras del Conjuro y de la Virgen de Gracia hasta que el sentir cofradiero de Archidona tenga un único objetivo: el mayor esplendor y lucimiento de nuestras Cofradías de Pasión.

He dejado para el final a Maritina porque su tragedia es más reciente y nuestra herida más sangrante. Años de dolor y sufrimiento el tuyo, crucificada a tu lecho de sábanas blancas, como Cristo. Paciencia infinita de tus familiares y amigos viendo el destino irreversible de tu enfermedad. Todo el pueblo se encontraba, al lado de tu cuerpo inerte, manifestación inequívoca de amores y sentimientos que en estas situaciones afloran para decir adiós a las personas que quieren, respetan o admiran.

Nadie como tú arreglará nuestra Virgen con tanta gracia y delicadeza, manos primorosas que se deslizaban sobre el rostro y el cuerpo de la Señora, con habilidad y maestría el trabajo quedaba exquisitamente terminado. Perfeccionismo para todo, diría yo.

Cuando íbamos a visitarte, tus lágrimas nos partían los corazones y aún hoy no hemos llegado a comprender el significado de tus suspiros. Nunca sabremos el mensaje que pretendías enviarnos desde las tinieblas ocultas de tu mente.

Cuando suenen los tambores otra vez la próxima primavera para anunciar la Pasión itinerante de Cristo, volveremos de nuevo nuestro corazón a tu figura menuda y vivaracha para recordarte que eres la camarera de la Virgen de los Dolores y que tienes que volver a ponerle el "rostrillo" de encaje y la "saya" de terciopelo negro bordada, porque nadie lo hace mejor que tú y eres la única que puede gozar de ese privilegio. Y allá en le inmensidad eterna de la fe, las dos juntas haréis vuestra procesión particular en la que se notará en tus ojos la dicha y la felicidad que la huella del amor sembró un día en tu corazón.

¡No sé cómo hemos podido seguir adelante con tantas ausencias!, pero no quiero que el obligado recuerdo de mujeres muertas nos atormente y nos inmovilice, no quiero que fantasmas que revolotean a nuestro alrededor nos atormenten y condicionen, nuestro empeño es seguir adelante, que la historia no es cosa pasada, sino algo que continúa y se escribe día a día, porque es mejor mirar al futuro que al pasado, es mejor andar que pararse, es mejor la esperanza que el recuerdo.

Por eso ahora voy a dedicar mis palabras a nuestra querida Araceli Conejo, "Leli" como le decimos todas las que la queremos y es que Leli es especial, especial es su cortesía natural y su exquisita educación, su ingenuidad de niña grande nos sorprende y nos cautiva. ¡Cuántas horas le has dedicado a tu Virgen!, por tu cargo y cometido la Señora tenía más confianza contigo que con todas nosotras, allí en tu casa le ponías las prendas más íntimas y delicadas porque parece que la Virgen de los Dolores es un poquito más tuya que de nadie.

Hoy Leli sigue siendo la Camarera eterna y querida, mientras las fuerzas de tus manos te acompañen tendrás este privilegio, y nosotras te arroparemos y ayudaremos, todas a tu lado, como una piña. Que Dios te dé salud y vida para poder hacer tu trabajo durante muchos años.

Aunque los actos que durante estos días celebramos tienen como protagonistas a las Hermanas Servitas de la Virgen de los Dolores, hay una persona a la que quiero también desviar nuestro recuerdo, y no precisamente por tener esta condición, ya que es un hombre, pero en este océano de intenciones y alabanzas, no podemos privar a una figura catalizadora en las infinitas Semanas Santas de nuestro pueblo de un justo y merecido reconocimiento, me estoy refiriendo a Juan Guerrero, cuando una década nos separa ya de su buen hacer:

Paladín de nuestras Cofradías, embajador de Archidona allá en otras tierras y otros parajes, el hombre noble y cariñoso, el amigo leal, aglutinador de diferencias entre Hermanos Cofrades. También se nos fue Juan Guerrero, figura irrepetible en estos ambientes, toda una institución en nuestro pueblo, y como nobleza obliga, yo me siento obligada a cantar la obra de este gran hombre y no enmudecerán mis labios para pregonar su gesta. Pero como ocurre que "tras un gran hombre hay siempre una gran mujer", también en este caso Juan contaba con una excepcional compañera, su esposa Mercedes, que supo amar y entender su corazón humilde.

Pienso que ha llegado el momento de darle otro matiz a mis palabras, os voy a contar anécdotas, hechos o curiosidades que han tenido lugar en estos muchos años.
Recuerdo la lucha numérica por las mantillas en los primeros tiempos, porque también se fueron creando secciones de mujeres en otras Cofradías, era una carrera de cifras cuando la procesión estaba en la calle por querer aventajar a las demás.

La Humildad 38, el Nazareno 40, el Dulcenombre 36, se oía a lo lejos entre el murmullo del gentío, nos habíamos convertido en legión de peinetas y vestidos negros, excesiva diría yo, pero era la manifestación de deseos reprimidos durante mucho tiempo.

Cuando en la tarde fría del Viernes Santo, las mujeres de mantilla sentían en su cuerpo las bajas temperaturas propias de estas fechas, debido a su atuendo de encaje, seda u otro tejido precioso, inapropiado para la época del año en que suceden estos acontecimientos, pero sí idóneo para el lucimiento de su gentil palmito ante numerosos espectadores que hacia ellas dirigían la mirada; era costumbre en la Calle Nueva y exactamente a la altura de la casa de la Camarera de Trono, Teresa Sánchez-Lafuente (q.e.p.d.) y por su cortesía, se les servía una copa de coñac o vino oloroso, acompañada de algún dulce típico de estos días. Pero como sucediera, que a los malos hábitos de la bebida las mujeres de entonces no estabamos especialmente acostumbradas, ocurría que daban rienda suelta a sus alegrías y euforias, haciendo de esta forma que el orden y respetuoso silencio, como corresponde a una procesión de penitencia y recato, se convertía en jolgorio y diversión, hubo que suspender el pequeño convite en vista de las consecuencias que acarreaban su mantenimiento.

En el año 1971, se le impuso a la Reina Doña Sofía, a la sazón princesa de España, la medalla de Hermana Servita, por su aceptación al nombramiento de Camarera Honoraria, propuesto por la Cofradía en septiembre del año anterior. Esta distinción también la ostentó la abuela de su majestad el Rey Don Juan Carlos, la Reina Doña Victoria Eugenia desde 1928 hasta su muerte. No tuve el honor de imponérsela personalmente por la corta edad de mi hija, circunstancia que me suponía un grave trastorno el trasladarme a la capital de España, pero sí me cupo la satisfacción de coserle el cordón rojo correspondiente, acto que realicé con mucho esmero y cariño, a pesar de no ser precisamente mi fuerte el arte de la costura.

Durante estos treinta y cinco años ha habido de todo en la viña del Señor, años de lluvia y frío en los que aguantábamos el tipo estoicamente en la procesión, mantillas al aire que corren el riesgo de desprenderse de la erguida peineta, velas que se apagan o que no prenden por el viento, a pesar de la insistencia de sus portadoras. Y la fila recta, larga e interminable, lúgubre, emotiva y fervorosa, como la ocasión lo requiere.

Todos los años, cuando se acercaba el Viernes de Dolores y por inmediatez el Viernes Santo, me dirigía a vosotras, mujeres que formabais el ejercito virtuoso de las Servitas. Cada año volvían los consejos y recomendaciones a seguir para cuando la procesión estuviera en la calle: no perder la compostura en ningún momento, la seriedad y devoción siempre a flor de piel, no mascar chicle, nada de frivolidades como el coqueteo de las más jóvenes con los guardias "polillas" de Valdemoro, o el lucimiento provocativo de las más maduras para hacer resaltar la belleza marchita o perdida.

Yo imponía las medallas sucesivamente, año tras año a las nuevas Hermanas Servitas, era un acto sencillo y sin demasiado protocolo: "Que la Virgen te acompañe", era mi jaculatoria cuando estas mujeres piadosas se iban acercando al altar para recibir en su pecho el rostro de la Virgen de los Dolores.

Algunas veces, cuando había suerte con los sacerdotes de turno, porque alguno de ellos comprendía y sentía el hacer cofradiero, realizaban y dirigían personalmente con mejor suerte la ceremonia, en caso contrario, éramos nosotras mismas las que llevábamos a cabo todos los actos.

Viernes Santo, cinco de la tarde, todo está a punto para el magno espectáculo, sólo falta dar la señal para que la Virgen de los Dolores aparezca tan hermosa y radiante como siempre, ¡Ya baja los escalones de la calleja de la Estación!, allí la esperamos para ponernos en marcha. Estamos preparadas para ocupar nuestro sitio en la fila. Y comienza la comitiva, la gran familia de los "humildes" ocupa la calle, es hoy protagonista y cumple de esta forma el compromiso que contrajo siglos atrás, una Hermandad que siente y quiere lo mismo.
Todo es orden y silencio durante unas horas, Carrera, Nueva, Empedrada; oscurece y por fin llegamos a la calle Don Carlos y después la Plaza de la Iglesia, lugar emblemático para el encuentro de la Madre y el Hijo, frente a frente, balanceantes y exhaustos, encuentro y despedida, miradas que se cruzan amorosas y desgarradoras, hemos llegado otra vez al final, el Calvario que se acerca, parecía que la pesadilla anunciada no iba a llegar nunca, pero no ha sido así, se va a consumar la redención.

Ya sube la Virgen detrás de su Hijo, quisiéramos aliviarle su dolor arropándola con nuestros encajes negros, pero ella continúa adelante, sola en su desesperación para sellar el compromiso que contrajo con el ángel anunciador treinta y tres años atrás. Sube despacio la escalera empinada para regresar a su templo. Se nos encoge el corazón y se nos hiela la sangre por el riesgo que se corre y el peligro que supone el ascenso hasta lo alto.

Corren prestas las Hermanas Servitas para acompañar hasta el final a su Madre, dispuestas en fila y pegadas al muro principal de la escalinata, con la mirada fija y angustiada.

El último esfuerzo de todos se va a realizar ¡Arriba!, y sube y sube, majestuosa, divina, espléndida a los acordes de la Marcha Real. Otro año en el que se consuma el milagro eterno y se renueva la fe en las imágenes y en la tradición de un pueblo, allí estamos las mujeres de la Cofradía dando nuestro adiós a la Soberana y testimonio para la posteridad.

A lo lejos se van perdiendo las luces y las flores, desaparecen los dos seres queridos detrás del portalón de la Iglesia de Santa Ana. Nueve de la noche: todo ha terminado.

Podemos irnos tranquilas a nuestra casa, nuestra Madre no ha estado sola tampoco esta vez, no ha sido en balde nuestro sacrificio de tantas horas, soportando el frío y el cansancio. Doblaremos cuidadosamente la mantilla, y la peina volveremos a atarla para que no pierda su arqueado natural, todo quedará a buen recaudo hasta la próxima primavera cuando los tambores nos avisen de nuevo que nuestra presencia es necesaria porque Archidona prepara otra vez su Gólgota. Acabó la tarde mágica del Viernes Santo, se acerca el momento del retorno, de volver al principio, de esperar de nuevo un año para otra vez secuenciar la historia.

Nos retiramos pensativas, ha sido grande la tragedia de María de los Dolores, también nosotras somos madres y comprendemos bien lo que le ha pasado, pero es necesario que así suceda para que tenga sentido el "hágase en mi según su palabra". Y se cerraron las puertas de la Iglesia hasta el próximo año.

Mis últimas reflexiones no podían ser nada más que para nuestra Madre del Cielo, la Señora de los Dolores, porque como dijo Bersot: "muchas maravillas hay en el Universo, pero la obra maestra de la Creación es el corazón materno".

Dolor de no comprender el misterio,
Dolor de la duda por no saber,
Dolor de seguir al crucificado
Hasta donde murió Él.

Dolor quebrantado de fe, María
Dolor trenzado de sueños, Mujer
Dolor resucitado con Él.

Es que nuestra Virgen es especial y distinta, la belleza serena de su rostro y su manto estrellado la hacen diferente de otras advocaciones cristianas de la Madre del Señor. No me he puesto nunca a contar el número de estrellas de su manto, seguramente no son suficientes para honrar a tanta magnificencia y divinidad, es nuestro cielo particular el que va itinerante en los hombros de los horquilleros, un cielo infinito y compartido en el que todas ponemos los ojos con gran amor y devoción.

Me fijo en el fajín que un día te impuso un apuesto y devoto general, quería ser él soldado raso ante tu presencia y recibir las órdenes de tu corazón amoroso. Todas queremos lo mismo, obedecer todo lo que salga de tus labior, estar bajo tu manto y cobijarnos en tu regazo como si fuéramos niños.

Madre de los Dolores
mujer archidonesa generosa
que derramas tu bendición
cuando te deslizas hermosa
por la cotidiana tradición
en tu trono lleno de rosas.
Te sirva nuestra compañía
de consuelo y alegría,
pues es nuestra intención
amarte infinitamente, día a día.

He dicho. Muchas gracias. ¡Viva la Cofradía de la Humildad!
¡Viva la Virgen de los Dolores!