Extracto del Pregón del 2005. Autor D. Oscar Montes Muriel

Todo está consumado según las escrituras, pero según nosotros, la tarde nada mas ha hecho que comenzar. Se nos mostrará trágica y a la vez benévola, con aires desafiantes. Pero por favor, a la llegada del ocaso, veremos al atardecer suplicando, no haber querido llegar nunca. Pues será testigo de hasta dónde llega la paciencia de Dios.
Se creará orden dentro de su propio orden. Sonarán los aldabones custodios de los portones de Santa Ana y al abrirse, el mayordomo clavará su vara de Moisés en el pretencioso altar de la parroquia, provocando con su vástago una erupción volcánica, que comenzará a arrojar su lava roja, cual río en llamas que pareciera que se derrama por los escalones parroquiales. Sucumbiendo al verdadero testimonio de la sangre derramada, la Humildad se asoma a la Plaza de la Iglesia.
Impuros, alzad la vista a su pirámide de plata, que no os cieguen los resplandores de su "Sol", no temáis y no enfrentaros a la dulzura divina. Quedareis secuestrados ante la representación más humildad del Hijo, que se atreve a llorar ante los que nos llamamos sus hijos. Gobernando nuestro pueblo con una caña y coronando sus sienes las malditas espinas clavadas. De esta manera se nos presenta el Rey de reyes, sentado en una piedra, sumiso y dispuesto a entrar en nuestro corazones.

Se ve su sombra en la tierra
al alzar la Cruz del Yermo,
la zumba suena en la tarde
su caída la lleva el viento,
por un gentío que te llora
rajado de remordimiento.
Dos tambores doblan el llanto
al compás del padecimiento,
mientras una piedra fría
muestra tu arrepentimiento,
cuando tu mejilla dormida
se despierta del tormento,
donde se funde el dolor
de un humilde sentimiento,
cuando parece que recobrara
la tarde el conocimiento,
en los escalones de la Parroquia
quebrados de estremecimiento
cuando ven a la Humildad
llorando de sufrimiento.

La Virgen de los Dolores, es diferente a todo, mostrándonos una elegancia infinitamente majestuosa, a la que deberemos sumarle, una belleza que para este pregonero es indescriptible. Sobran mis alabanzas ante esta imagen mariana, que rebosa en hermosura y a la vez, es la mayor representante del dolor que se vive el Viernes Santo, cuando se anuncia la caída de la tarde.
Su trono, es un retablo andante, que expone un perfecto vía crucis que camina por la vía dolorosa y en el que las Hermanas de la Cruz, todos los años, recorrerán con sus rezos sus catorce estaciones, en el breve espacio de tiempo que dura esa visita callejera, ante el san juan de esta casa de Dios. Que es la puerta del Cielo.
Arrancará de nuevo tu trono al toque de campana, acabarás de subir esa cuesta de la vida, que para nosotros es nuestra calle Empedrada, mas sin darte cuenta Virgen del alma en pena, volverás a encontrarte en esa encrucijada de caminos que son los Cuatro Cantillos. Se clavará la última daga, se perderá tu mirada y al pie de la calle sentiremos tus latidos angustiados. No llores mas, que tu llanto a mi me duele, escúchame lo que te digo Madre, que aunque tu pena no mereces, tal vez te den consuelo las palabras que esta tarde de mis labios para Ti florecen.

Un suspiro que te mece
en el atardecer celoso,
cuatro ángeles dan cobijo
al dolor más doloroso.
Rosario de espinas clavado
entre suspiros cautelosos.
Manto de estrellas cuajado
cual luceros lastimosos.
Encaje de marfil tocado
por alfileres bondadosos.
Con doce columnas doradas
para un palio misericordioso.
Pañuelo de seda bordado
con el llanto mas penoso.
Cual broche de perlas nacaradas
que se engarzaran a su antojo.
Así es el dolor de Dolores
Humilde y a la vez glorioso.
Tu, señorita de Santa Ana
Madre de ojos lacrimosos.
La de los siete puñales clavados
y un corazón que se ha roto.