Desde los inicios del cristianismo, todos los seguidores de esta religión han sentido la necesidad de agruparse en comunidades. Éstas en un principio no tenían un nexo en común, más que el de reunirse a realizar sus cultos. Con el tiempo, las asociaciones cristianas se reúnen en torno a las cofradías.

Durante los siglos posteriores, las hermandades y cofradías se agrupan en torno a comunidades de gentes con un común denominador: el trabajo. Similar a una organización sindical, durante la Edad Media los trabajadores de un mismo gremio se unen, adquiriendo, con el paso de los años y por influencias de la Iglesia, un marcado carácter religioso, colocándose bajo la protección de una imagen de Cristo, de la Virgen o de un Santo Patrón. Estas unidades gremiales se originan en torno al siglo VI y se mantienen hasta el siglo XV.

Se trataba de asociaciones inspiradas en principios de mutualidad y religiosidad. De un lado, daban a la población auxilio espiritual en torno a las capillas que las cofradías erigían en los diferentes templos; de otro, la protección y ayuda mutua que dispensaba el gremio en cuestión y, finalmente, la función asistencial, especialmente en el enterramiento de los difuntos.

El Concilio de Trento, en el año 1563, y la Contrarreforma suponen un claro impulso para la mayor relevancia de las cofradías dentro de la sociedad cristiana. La necesidad de hacer llegar la religiosidad al pueblo hace que los cultos tomen un carácter didáctico y que, a ello, se sumen las cofradías. Por ello, durante las festividades de sus patrones o en la Semana Santa, las hermandades realizarán procesiones, encaminadas a la catequización popular.

Foto de Antonio Medina Texeira. 1997